Una de nuestras poetas más importantes de la generación de los ochentas nos habla de su último poemario “Morir es un arte”
Nos visita la destacada escritora
Mariela Dreyfus, figura clave de la generación de los ochenta, gestora y
disidente del movimiento Kloaka, quien en los próximos días nos ofrecerá un recital poético en el
Instituto Raúl Porras Barrenechea.
En esta ocasión, Dreyfus ofrecerá una
retrospectiva de toda su producción literaria la cual incluye poemas de su
última entrega “Morir es un arte” y algunos inéditos de su próximo libro.
Razones de sobra para charlar con la autora de títulos memorables como Memorias
de Electra (1984), Placer Fantasma (1993), Onix (2001), Pez (2005) y Morir es
un arte (2010).
-Mariella, antes de charlar sobre tu último libro nos gustaría saber, ¿cuál fue la esencia del discurso poético de tu
generación?
-No hay un solo discurso sino varios,
como corresponde a una tradición tan rica como la nuestra. Es una generación
que cubre una amplia gama de modalidades expresivas, desde la poesía
maravillosamente enigmática de Magdalena Chocano hasta el conversacionalismo
extremo del primer Santiváñez. Dalmacia y yo compartimos la experiencia de los
grupos underground –a los que Roger ha rebautizado como andesground- de ese
momento.
Ella integró el segundo tiempo de Hora Zero y luego fue aliada
principal del movimiento Kloaka, del que yo soy fundadora. El activismo del MK
duró apenas dos años, pero resultó importante porque funcionó como un
laboratorio poético que nos permitió forjar una voz, y además nos posibilitó el
contacto con los artistas y músicos más conspicuos de la contracultura local.
-Podrías acercarnos a Morir es un arte?
-Sí, Cecilia Podestá, de Tranvía
Ediciones, lo publicó en el 2010. Ella edita hermosos libros-objeto y le gusta
trabajar con el autor. Juntas en Lima decidimos el formato cuadrado del libro,
tipo álbum de familia, que incluye unas fotos de la infancia tomadas por mi
padre. También el diseño de la tapa y el color sepia de la imagen los pensamos
las dos. Pero como la producción es minuciosa, ya no tuvimos tiempo para la
presentación.
-¿Cómo se gestó este poemario?
-La idea era trabajar poéticamente la
experiencia del dolor, a partir de la pérdida de la madre y la consecuente
orfandad. Yo siempre le he atribuido a la poesía un carácter profético; lo digo
porque empecé a escribir algunos poemas anticipándome al hecho real. Por otra
parte, llega un momento en la vida en que te topas con la ineludible presencia
de la muerte y creo que lo mejor es aceptar con lucidez lo que viene y lo que
se va.
-¿Es un homenaje a tu mamá?
-Sí. Era un modo de rendirle homenaje a
esa mujer bella, inteligente y generosa que siempre fue. La idea era además
darle la vuelta a esa imagen final del cuerpo vencido y dignificar la muerte y
lo que de ella nos queda: el nombre y la memoria de los que tanto amamos.
-Es inevitable hablar de Sylvia Plath
parafraseada y homenajeada en casi la totalidad de tu producción literaria,
¿qué tan importante es Plath en tu proceso creativo?
-A Sylvia Plath le dedico un poema de
Placer fantasma, “Invierno” y luego incluyo un epígrafe suyo para otro poema
del mismo libro. Morir es un arte está presidido también por un epígrafe de
Plath y otro de Dylan Thomas. Mi primer acercamiento a Plath fue cuando traduje
unos poemas suyos para la Muestra de poesía norteamericana contemporánea que
editó el INC en 1987. Quedé de inmediato fascinada por la fuerza de su voz, por
su capacidad para hablar del “yo profundo”, como diría Vallejo, por la forma en
que retorcía la frase para alcanzar esa intensidad.
-¿Sylvia Plath y Dylan Tomas son los
poetas que más te han influenciado?
-Son dos de los poetas que más me
gustan en inglés, una lengua que leo con soltura desde la adolescencia. La
poesía de Dylan Thomas es también, como la de Plath, una experiencia extrema
con el lenguaje y alcanza una alta temperatura emocional; siempre lo he sentido
cercano a Vallejo, otro poeta al que siempre vuelvo, y con el que también
establezco un diálogo en Morir es un arte, precisamente desde el tema de la
orfandad. Yo misma ofrezco varias claves en este sentido en mi libro, y Ricardo
González Vigil las captó todas en la reseña que escribió al respecto.
-La soledad es un tema recurrente en
Morir es un arte…
-Es un tema presente desde el principio
en mi obra, lo mismo que el amor. A esto se refirió Javier Sologuren en la
presentación a Placer fantasma, en estas líneas que ahora te incluyo: “Escribir
sobre el amor es un acto que sólo puede originarse en el destierro, pues será
siempre extrañamiento y nostalgia de un paraíso inalcanzado y buscará
franquearse con ese tú que es su razón de ser y de existir”. Bastante preciso,
¿no?
-La
soledad, la melancolía, la pérdida, el amor, son elementos constantes en tu poesía. ¿A qué responden estas constantes fusiones?
-En mi poesía siempre aparecen estos
pares dialécticos: la soledad y el amor, la vida y la muerte, el placer y el
dolor. Es una manera de mirar que también se vuelve una manera de componer; lo
digo porque hace poco el poeta venezolano Manuel Fihman me comentó lo mismo a
propósito de Pez; que le había sorprendido la manera tan fina en que había
logrado hilar el tema de la gestación de un crío con la muerte colectiva en el
poema.
Proyectos
-Cuéntenos sobre Empresa delirio…
-Es un título tentativo tomado de unas
líneas del libro La vida material de Marguerite Duras. Se refiere al delirio
que significa tratar de organizarse en familia, llevar una casa; todo esto que
en el fondo es un poco antinatural, aunque culturalmente nos haya acostumbrado
a pensar lo contrario. Pero en este conjunto también es delirante el ritmo; se
trata de poemas de largo aliento, casi todos escritos de corrido, sin ningún
signo de puntuación. De algún modo se acercan a la improvisación en el jazz, un
género musical que me apasiona y que he vuelto a escuchar con insistencia.
-Preparas dos antologías, ¿podrías
hablarnos al respecto?
-La primera es una antología poética
para celebrar los 30 años del movimiento Kloaka y será publicada en Lima con el
auspicio de PetroPerú. La otra es una colección de ensayos en torno a la obra
de Carmen Ollé, una escritora que ha cruzado los géneros y las fronteras de lo
decible desde su primer libro, Noches de adrenalina, curiosamente publicado
hace 30 años también. Es una co-edición en la que trabajo nuevamente con Rocío
Silva-Santisteban y Bethsabé Huamán.


